miércoles, 14 de enero de 2009

Palabras, palabritas y palabrerías

Todo el día igual, toda la vida igual.
Al final hemos conseguido que lo que nos hace humanos, que nuestro medio de comunicación principal, deje de tener validez.
Hemos dejado de creer en nuestras palabras porque nuestros hechos no las reafirman. Las contradicen.
Ya que los Estados, los políticos, los vendedores y más individuos de esa calaña nos engañan con un propósito firme, no hagamos lo mismo. Únicamente por dignidad, porque somos compañeros.
Para aquellos que no sienten lo que dicen ni lo que hacen: poneros de acuerdo y seguid un comportamiento conforme a vuestras palabras.
Para todos los demás: paciencia y sonrisas, qué ya vale de tanta crispación.
Este cuatrimestre, las clases se han convertido en circos y concursos de exageraciones.

La honestidad en la vida también sube nota.

Basta de engaños y de imágenes falsas. ¡La nota para quien la trabaja!

martes, 13 de enero de 2009

Nuevos tiempos, viejos lazarillos




Cuán valioso es un guía... Casi tanto como unos ojos.
Ver a través del mejor compañero. Conocer lo que el otro conoce.

Llevo mucho tiempo observando en la facultad a ese chico de perilla que hace las veces de lazarillo. Ese chico que acompaña a cada momento a su amigo invidente. Lo lleva del brazo, le lee... (incluso, a veces, le lía algún canutito). Una persona que hace algo más que ver por él. Siente. Acompaña. Comprende. Comparte el tiempo, lo más valioso, por lo escaso.
Una persona con H de humano.

Son estos episodios los que me devuelven la confianza en la raza humana. Los que me apartan de ese pesimismo antropológico que tanto marca mi personalidad y que tanto crispa a los demás. Los que me hacen ver la vida y el mundo con otros ojos, como si mirase a través de un filtro carmesí.
Gracias, chico de la perilla, por existir.

Es una maravilla poder ver cómo juegan a las cartas: reparten las cartas, y el chico de la perilla le dice a su compañero qué naipes posee para que este decida cómo jugarlas.
Juntos abarcan lo inabarcable.



Sin duda, el perro más fiel.

lunes, 29 de diciembre de 2008

Mejor quitar la música que profanarla

Odio esa tendencia que tienen muchos garitos para intentar echar a la gente del local tras un concierto u otro evento; cambiar radicalmente el estilo musical.
Y es que no se puede estar en un concierto de Habeas Corpus, y que, según acabe la actuación, suene: "Bulería, bulería...".
El resultado es el esperado: el público huye despavorido. De este modo el bar vuelve a quedar vacío para acoger a nueva gente que genere nuevas consumiciones.

Cuando lo que se quiere es cerrar el local tras una ardua jornada de trabajo, se opta por encender las luces a todo trapo y apagar bruscamene la música. Esto me deja patidifusa, descompuesta. Esta técnica desorienta mucho al personal, que abandona el local casi de modo mecánico.
A pesar de todos los aspectos negativos que podemos encontrar los clientes en semejantes prácticas, siempre se preferirá el silencio al cambio de estilo injustificado y perturbador.

Siempre preferiré que me cieguen con los focos y quiten de repente la música, paralizándome en un gesto espontáneo de baile, a que me expulsen del local a fuerza de pinchar a Bustamante o María Isabel.

Y es que algunos somos muy sensibles a estos fenómenos.

La buena música es sagrada.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

La niña-lobo

Patético. Ésta es la palabra que, en mi opinión, define al enunciado de esta noticia. Se trata de una niña que padece una enfermedad llamada síndrome de Ambras o Hipertricosis Universal congénita, por la cual le sale gran cantidad de bello en la cara y en la mayoría del cuerpo. No veo normal que llamen así a una niña que no tiene la culpa de padecer dicha enfermedad. Es un titular muy fuerte, un titular que puede tener graves consecuencias. Suponiendo que hay un caso en España, ¿Cómo creen que llamarían a un niño que tenga esa enfermedad? No me parece nada apropiado para una noticia que trata de una enfermedad.

Nuevas generaciones

No hacen más que jugar a esas consolas. Los niños ya no son los de antes, ya no juegan como lo hacíamos nosotros. Con seis años ya saben lo que es WiFi, cosa que yo descubrí con veinte años en la universidad. No se relacionan como lo hacíamos nosotros, se puede decir que estamos en la era de la PSP. Están himnotizados con la pantalla, ni pestañean ni se enteran de lo que pasa a su alrrededor. Además de las consecuencias que pueden traer las consolas, que pueden ser tanto problemas en la vista como a la hora de sociabilizarse, parece que en el sector digital la crisis no se nota. Una consola de estas cuesta unos 160€, a eso hay que sumarle los juegos que quieras comprar. Si es que muchas veces, la crisis llega a donde no tiene que llegar. Cantidad de gente en paro en el sector automovilístico, pero las ventas de ordenadores y consolas no sufren ningún tipo de descenso en las compras.

martes, 16 de diciembre de 2008

Basta con grabarlo todo




¿Para qué asistir a clase a estas alturas, verdad? Teniendo unos magníficos aparatos, ya sean analógicos o digitales, llamados grabadoras...
Y es que últimamente se está poniendo en práctica un método un tanto inusual: dejar la grabadora a un compañero, quien se encarga de encenderla cuando el profesor comienza su discurso y apagarla cuando termina.

La gente ya no pierde el tiempo en ir a clase aún sabiendo que si quiere que le sirva de provecho semejante técnica tendrá que invertir tiempo a posteriori.
Eso sí, viene bien para pillar apuntes con los profesores que hablan atropelladamente. Bueno, así se puede pillar absolutamente todo.
Aunque no sé si es muy lógico. Ya que el tiempo, que es lo que escasea, lo acabas invirtiendo de todos modos.


Me pregunto si los discursos de los profesores tendrán copyright. O si les importaría mucho que, en vez de acudir, todos dejásemos nuestras grabadoras sobre la mesa. “Hola grabadoras, muchas gracias por haber venido a escucharme. Recordad, que eso lo sabéis hacer muy bien, que para la semana que viene tendréis que entregar la práctica número nueve. Cuidaos”.
Oye, algún día, podría venir muy bien.

La lotería: el nuevo opio del pueblo




¡Veinticuatro mil novecientos setenta y nueeeeveeeeee..., tres millones de euuuuuurooooos!

22 de diciembre.

Familias enteras congregadas ante el televisor.
“¡Paco, enciende la radio que van a dar el sorteo del gordo!”.
Algunos hasta comprarán el periódico.

Ilusiones frustradas. Sueños que se desvanecen entre números.
No sé si la esperanza es lo último que se pierde. Pero sí sé que miles de trabajadores jugarán a la lotería estas navidades aferrados a la improbabilidad. No sé si es bonito o es triste.
Porque... 20 euritos que cuesta cada décimo.

La lotería es nociva, en cierto modo, pero, a mi parecer, también tiene un efecto catártico: te depura el sentimiento de pobreza. Permite que el pobre sueñe con una vida que no es la suya, pero que podría llegar a serlo si la puñetera suerte le favoreciese.
Y, golpe a golpe, la mañana del 22 de diciembre devuelve a cada uno a su realidad.

Nos limitamos a sobrevivir en función del dinero que tenemos y del que necesitaríamos para vivir de verdad. Por eso nos dejamos llevar por la esperanza. Ésa misma que quedó sola en la caja de Pandora. Completamente sola. Como el último saliente al que el ser humano podría agarrarse.
(En el spot publicitario del año pasado la esperanza venía a ser representada por un hombre calvo que sopla. Se podría decir que insufla suerte, al arrebatarle el décimo a uno para llevarlo hasta otro. Pero la verdad es que este hombre calvo juega a ser Dios. Y este hombre calvo que domina la rueda de la fortuna no existe).

Marx aludió a que la religión es el opio del pueblo. En estos tiempos (críticos, parece ser) que corren, casi nos acercamos más al formular que la lotería es el opio del pueblo. La lotería y otros muchos juegos que se apoyan en las ilusiones mundanales.
Ya que la gente va más bien poco a misa e invierte mucho en juegos de azar. Y es que Dios no nos soluciona la vida; el dinero, sí.